Hacia el trono de los dioses

// May 30th, 2014 // Nepal 2014

Acabamos de aterrizar de nuevo en casa después de dos meses de expedición por el Himalaya. Como siempre regresamos enriquecidos por las experiencias tan intensas que vivimos en estas formidables montañas pero, además, en esta ocasión hemos tenido la oportunidad de permanecer durante unos minutos en el tercer punto más elevado de la Tierra. Por unos segundos fuimos algunas de las personas que más sobresalían sobre la corteza terrestre. Parecía que podíamos acariciar la estratosfera y la línea del horizonte se combaba bajo nuestros pies. Sensaciones muy particulares que servían como guinda a un gran pastel que disfrutamos poco a poco, con mucha paciencia, intentando saborear cada bocado.

El gran Kanchenjunga ya nos había servido como hogar la primavera pasada y conocíamos bien sus recovecos hasta la misma base de su pirámide somital. Desde el principio esta montaña me impresionó especialmente. La ruta hasta su cumbre principal, a 8.586m más que una ascensión siempre me ha parecido un largo viaje, una gran travesía por un océano de hielo y roca que serpentea por cerros, crestas y glaciares durante días para culminar en un promontorio rocoso, que en sí mismo, podría parecer una montaña independiente.
Desde el campo base la cima se veía lejana pero, cada tarde, siempre que las nubes ascendentes del valle lo permitían, podíamos pensar en acariciar sus dorados perfiles, todo un sueño que afortunadamente se hizo realidad.
El Kanchenjunga (8.586m) es la tercera cota más alta de la Tierra. Se levanta en un remoto rincón al este de Nepal, haciendo frontera con el antiguo reino de Sikkim (India). Es una montaña muy especial. Forma un macizo de cinco cumbres (cuatro de ellas sobre los 8.000 metros de altura) nombradas como “Los cinco tesoros de las nieves” otorgándole un alto grado de santidad. Como es muy habitual en otras zonas de Nepal y entre las culturas del Himalaya, esta cima es considerada sagrada y lugar de residencia de dioses y espíritus de la montaña.
El animismo, integrado en el budismo tántrico, influye definitivamente en la forma de entender y adaptarse a un entorno tan excepcional y por tanto la veneración a la naturaleza es fundamental. Por este motivo, el primer paso que tiene que tomar cualquier expedición que intente ascender el Kanchenjunga, es pedir permiso y protección a las divinidades que habitan entre sus glaciares.
El protocolo es realizar una “puja”, celebración impartida por un lama venido del valle. Entre el humo del enebro quemado y los “mantras” recitados se construye un promontorio, en forma de antena cósmica, decorada con banderitas de oración y “tormas” (representaciones de los espíritus divinos amasados con harina de cebada y trigo sarraceno “tsampa”). Este rito es básico para comenzar la ascensión. Ningún sherpa se adentrará en la montaña hasta que no se realice convenientemente la puja. La fecha será determinada a través de un calendario lunar.
Durante todos los días que andábamos sumergidos entre las nieves del Kanchenjunga una cortina de humo se levantaba desde nuestro pequeño altar, en el campo base, hacia las nubes que acariciaban la montaña. El volumen de enebro ardiendo se incrementaba según nos encontrábamos a más altura.
El desarrollo de los días previos a alcanzar la cima reforzaron mi sensación de estar realizando una larga peregrinación, permaneciendo seis noches seguidas en altura, desde que salimos del campo base hasta nuestro regreso.
Pasamos dos días en el primer campamento, cercano a los 6.200m. Una jornada completa es este campo nos sirvió para desconectar del mundo más allá del lugar donde nos encontrábamos, concentrándonos y reflexionando sobre las etapas que nos quedaban por vivir en la montaña. La fecha clave de intento a cima se había fijado en el 17 de mayo, pero mientras ascendíamos al campo dos, a casi sietemil metros de altura, la meteorología quiso desplazar levemente el clima propicio hacia el 18, por lo que decidimos permanecer otro día completo y dos noches, a esta altura. La suerte ya estaba echada y la euforia nos ayudó a alcanzar con fuerza el último campamento mientras observábamos la pirámide final del Kanchenjunga. A nuestras espaldas se iba abriendo un horizonte de montañas y glaciares cada vez más impresionantes. La vista del Makalu, el Everest y de las montañas de Sikkim nos demostraban que cada vez estábamos más altos y que poco a poco despegábamos de la Tierra.
En el último campo, el tercero, apenas pasamos unas horas, lo suficiente para intentar llenar nuestras reservas de agua y descansar. Cuando empezaba a caer el sol, sobre las siete de la tarde salimos de nuestras tiendas para acometer la última etapa hasta la cima. Parecía cerca, pero todavía quedaban mil doscientos metros de desnivel y muchas horas por delante. Unos minutos antes de partir, la luz del atardecer desapareció y los primeros pasos se desarrollaron, ya, en medio de la oscuridad. En ese instante sentí estar viviendo algo mágico. La última etapa de la travesía hacia el trono de los dioses se desarrollaría en mitad de la oscuridad y cuando los rayos de sol nos volvieran a acariciar ya estaríamos muy cerca del punto más alto. Según subíamos un mar de nubes se extendía bajo nuestros pies y hasta la misma luna parecía encontrarse por debajo de nosotros. Creía reconocer cada rincón por el que subíamos, había pensado durante mucho tiempo en este momento. Poco a poco la luz lunar empezó a mezclarse con los primeros instantes de la mañana creando un momento de auténtico y bello caos de colores y matices. Entonces tuve la sensación de que realmente íbamos a llegar a nuestro objetivo y disfruté de esos primeros rayos de sol. Los últimos metros eran delicados, sin apenas protección de cuerdas, pero conducían directamente a la cima de los cinco tesoros de nieve y nuestra moral se encontraba también en el punto más elevado.
Una corta arista de hielo conducía directamente al lugar donde confluyen todas las líneas de la montaña. A muy pocos metros de la cima tuve la oportunidad de vivir uno de los instantes más felices de mi vida profesional. Saqué la cámara de vídeo que guardaba celosamente en el interior de mi traje de plumas y le pedí a Carlos Soria que esperara un momento, apoyé una rodilla sobre la nieve, para conseguir la máxima estabilidad, compuse el cuadro que veía a través del visor, pulse el botón de grabación y entonces hice una indicación a mis compañeros para que comenzaran a andar y así terminaran de ascender los últimos metros hasta el pináculo final. Unos segundos de esfuerzo, respiración profunda y emoción para tener el privilegio de inmortalizar un momento y lugar absolutamente único junto con mis compañeros Carlos Soria, Sito Carcavilla, Carlos Martínez, Muktu Lakpa Sherpa, Pasang Sherpa y Jangbu Sherpa. Daniel Salas nos proporcionó todo el apoyo y cobertura posible desde el campo base. La euforia fue dando paso al cansancio durante el descenso, una interminable bajada hasta el último campamento, que conseguimos alcanzar unos momentos antes de que el sol desapareciera otra vez. Así terminaba una jornada muy larga, cerca de 24 horas sin apenas un breve descanso. Sin duda un día muy duro pero repleto de sensaciones extraordinarias. Un viaje fantástico entre la frontera del mundo de los hombres y el de los dioses de la montaña.
(“Hacia el trono de los dioses” es un maravilloso libro escrito por Herbert Tichy, totalmente recomendable.)

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