Setenta días y setenta noches

// June 5th, 2017 // No Comments » // Dhaulagiri 2017

Otra temporada en Nepal y ya van…. unas cuantas. En esta ocasión hemos pasado setenta días, y setenta noches, volviendo a disfrutar de uno de los lugares más maravillosos que conozco, entre las montañas más altas de la Tierra, compartiendo cada momento con muy buenos amigos. Setenta días detrás de una cámara, pero sin perder la mirada más allá del objetivo. Intentando aprovechar al máximo la esencia de cada momento. Sin duda lo hemos vuelto a conseguir, a pesar de no haber podido pisar, por muy poco, los 8.167 m de la cima del Dhaulagiri, el principal  motivo que nos trajo hasta esta este lugar.

Es difícil resumir en pocas palabras lo vivido tan intensamente durante estos meses, desde los primeros días caminando por el valle del Khumbu a las visitas que realicé, posteriormente, a las aldeas de Gorkha, donde mantenemos activos los proyectos de ayuda a poblaciones remotas con nuestra asociación Ayuda Directa Himalaya y la puesta en marcha de una nueva obra, para reconstruir la escuela de Thadi, en Dolakha. Luego vendría el viaje al valle del Kali Gandakhi y la aproximación al campo base del Dhaulagiri desde Marpha, para vivir durante del resto del tiempo en el interior de este gigante. Soñando con pisar su punto más alto pero, sobre todo, disfrutando de una formidable ascensión con mis compañeros Sito Carcavilla y Carlos Soria y la compañía de otros buenos amigos, con los que tuvimos la suerte de coincidir en este rincón del planeta.

Me siento un auténtico privilegiado por poder realizar mi trabajo entre estas montañas. Trasladar por una nueva temporada mi oficina al Himalaya. Editar continuamente piezas de vídeo y fotografías sobre un glaciar y llenar el objetivo de mi cámara del polvo y nieve de los caminos y montañas de Nepal. Qué mejor luz para trabajar que la que ofrece el techo del mundo, reflejado en glaciares, nubes y bellas sonrisas…

Sin duda, la mejor manera para intentar resumir estos setenta días es con alguna de las imágenes que he podido recoger durante todo este tiempo. Espero que disfrutéis del viaje….

Dhiki

// October 27th, 2016 // No Comments » // HIMALAYA 2016

Con este nombre, “dhiki”, se denomina, en Nepal, a un ingenioso instrumento tradicional empleado para la molienda de algunos alimentos, principalmente arroz.

Su mecanismo es igual de simple que efectivo y práctico. Se trata de una palanca, sustentada entre dos pilares y formada por un mástil de madera, del que sobresale, perpendicularmente, una segunda pieza, también de madera, a modo de mazo. El mástil es elevado, con ayuda del pie de una o dos personas, dejándole caer libremente sobre una superficie de piedra pulida, cóncava en el punto de contacto. La ejecución es rítmica y monótona, aplastando, poco a poco, todo el grano acumulado sobre la base.

Mientras una, o dos personas ponen en movimiento el mástil, con sus pies, otro equipo, formado también por una o dos personas, van conduciendo el grano hacia el lugar de impacto. Al mismo tiempo, el resultado se tamiza, seleccionando la parte que ya se encuentra molida correctamente.

Es frecuente cobijar el “dhiki” bajo un portal, formado principalmente por troncos y ramaje. Normalmente, la propiedad de este instrumento, es de la comunidad y su uso se realiza libremente por los miembros de la localidad. Habitualmente el trabajo se desarrolla en equipo, entre los integrantes de diferentes familias, relevándose en las labores más físicas y poniendo de manifiesto, una vez más, la necesidad de cooperación entre los habitantes de estas comunidades para lograr una mejor adaptación al entorno.

Uno de los usos más comunes de la harina de arroz, obtenida de la molienda con el “dhiki”, es la elaboración del “roti”, una especie de rosca de pan frito muy popular, especialmente durante las celebraciones del “Dasain”, la festividad más importante dentro del calendario nepalí. El cocinado de las innumerables piezas de “roti”, durante la fiesta del “tika”, la jornada clave del Dasaín, es otra muestra de colaboración e integración de los diferentes miembros de la comunidad, donde se unen bajo un mismo fuego, relevándose en el amasado y la cocina.

El “dhiki” es una buena alternativa a los molinos hidráulicos, especialmente en poblaciones donde no se encuentran corrientes de agua apropiadas. Aunque, dentro de una misma comunidad, pueden convivir los dos utensilios  ya que, cada herramienta, se destina a moler diferente tipo de grano.

En las aldeas de Nepal ya se pueden encontrar molinos harineros con tracción eléctrica pero, todavía, hay multitud de molinos hidráulicos, “corrientes y molientes” a lo largo de las montañas de este país. Su desarrollo y estructura es muy parecido al que, hace años, se empleaba en España.

Una gran tolva de madera, para recibir el grano y conducirlo, a través de la canaleja, hacia la fricción entre el roce de la piedra solera (fija) sobre la volandera, movida por el rodezno. Esta pieza, motor del molino hidráulico, se construye, cada vez más, con metal, sustituyendo a los tradicionales rodeznos de madera.

El patrimonio humano y sus usos tradicionales constituyen una de las grandes riquezas que se pueden encontrar entre las colinas y montañas de Nepal, sirviéndonos, además, para entender mejor  la forma de vida y adaptación de cualquier comunidad desarrollada en un entorno montañoso.

http://www.vimeo.com/189060595

Cumbre en el Annapurna (8.091m)

// August 5th, 2016 // No Comments » // HIMALAYA 2016

Esta última temporada ha representado, para mí, una de las estancias más prolongadas en Nepal. Prácticamente cien días entre las montañas del Himalaya. A mediados de febrero aterrizaba en Katmandú para dedicar las primeras semanas al trabajo de apoyo a comunidades remotas, que estamos llevando a cabo en este país, a través de nuestra asociación Ayuda Directa Himalaya. Más tarde, ya con todo el grupo, visitaríamos el valle del Khumbu, preparándonos lo mejor posible para el  último objetivo del viaje, la ascensión al Annapurna (8.091m)

La expedición al Annapurna ha sido larga. Setenta días, aproximadamente, viviendo en esta gran montaña, considerada como una de las más duras y peligrosas entre los catorce ochomiles. Ascendiendo hacia los campamentos de altura para completar la aclimatación a la altura. Esperando con paciencia el día clave para poder intentar la cima con un mínimo de garantía, algo que en este lugar es muy difícil de conseguir. El tiempo, en general, ha sido malo, muy malo. Casi no han existido días estables. La tónica general se ha caracterizado por nevadas, granizo, tormentas y sobre todo viento, un fuerte viento que sacudía continuamente los contornos del Annapurna.

Mientras tanto he disfrutado de todo lo que nos brinda vivir en este maravilloso lugar, compartiéndolo con mis amigos habituales: Carlos Soria, Sito Carcavilla y Carlos Martínez, además de un nuevo equipo de sherpas, liderado por “Mikel” Sherpa, con los que ya habíamos ascendido al Amadablam el otoño pasado y que representan una de las piezas clave en las expediciones. En esta ocasión he realizado mi trabajo, generando los contenidos audiovisuales de la expedición, con un nuevo compañero; Carlos Vicente “Carlitos”. Amigo desde hace tiempo, con el que he tenido el privilegio de trabajar, hombro con hombro, durante esta última expedición.

Nuestra jornada de trabajo habitual ha discurrido entre horas de postproducción, en el campo base, y sesiones de rodaje y fotografía, intentando recoger el testimonio de la actividad que se desarrolla a lo largo de la expedición, con la mayor espontaneidad posible, sin irrumpir en el ritmo del grupo. Los días se no han pasado rápido, editando fotos y vídeos en nuestros portátiles, compartiendo los contenidos a través de una pequeña antena satélite que nos conecta con el resto del mundo. Hemos trabajado en nuestro “estudio”, representado por una confortable tienda de campaña, y en el exterior, llevando nuestras cámaras por el campo base y hacia la montaña.

No se trata solo de grabar paisajes impresionantes, algo que en un lugar como el Himalaya resulta fácil, si no de ir recogiendo la crónica de las personas que vivimos en este lugar y de su relación con el Annapurna. Además de la actividad principal que se lleva a cabo durante la ascensión hay que retratar los momentos de preparativos, meditación, espera… Los acontecimientos que se viven en cada dependencia de nuestro campamento. Sin duda el más divertido ha sido la cocina, capitaneado por nuestro gran amigo Renji, un veterano cocinero que siempre ha permanecido con una gran sonrisa en la cara y al que no nos resultaba nada difícil provocar para que se arrancara con divertidas canciones y bailes, disfrutando de momentos maravillosamente distendidos.

Obviamente el momento más crucial de cualquier expedición a una gran montaña es la jornada en la que se intenta acceder al punto más elevado. Después de tantos días, y de algún intento fallido, parecía que iba a llegar ese pequeño paréntesis donde la intensidad del viento bajara lo suficiente para plantearse ir a la cumbre. El pronóstico era poco generoso y apenas íbamos a tener un par de días propicios pero, sin duda, era la última oportunidad para intentarlo, para acariciar de nuevo la esperanza de cumplir un sueño.

Cuando preparas el material de trabajo: cámara, baterías, micrófono, tarjetas… pensando en realizar tu actividad profesional como operador en una labor dura y arriesgada, como la que supone ir hacia una cumbre de más de ochomil metros, sabes que la tendencia natural de todo el equipo tecnológico va a ser estropearse, dejar de funcionar. Así que cualquier mínimo fallo o descuido puede arruinarte irremediablemente tu cometido. En una montaña como el Annapurna tienes que calcular tu paso por cuatro campos de altura antes de intentar la cima. Si el clima es inestable puedes verte obligado a permanecer algún día extra en las tiendas, esperando una mejoría. Por lo que debes de contar con baterías y tarjetas suficientes para aguantar todo este tiempo, sometiendo tu equipo a condiciones muy adversas. Realmente hay mucha diferencia, física y psicológica, entre las jornadas de aclimatación, realizadas durante los primeros días, cuando el único objetivo es alcanzar y dormir alguna noche en los campos más bajos, sin pretensiones de ir a la cima, al momento definitivo en el que se decide acometer la cumbre.

Al salir del campo base, temprano, todavía con luz nocturna, pensando en que esta puede ser la oportunidad para ir a la cima, todo se ve de una manera diferente. Los sentimientos de inquietud, previos a la partida, van dando paso al optimismo y la ilusión por completar un sueño, sabiendo que por delante quedan jornadas muy intensas y largas de gran esfuerzo y compromiso. En mi trabajo con la cámara debo de saber dosificarme, aprovechar los mejores instantes para grabar, optimizando los recursos. A pesar de lo maravilloso que resulta en todo momento el entorno que te rodea, según vas ascendiendo y, especialmente, cuando sobrepasas una barrera natural de sietemil metros, aproximadamente, el ambiente se vuelve cada vez más impresionante y vertiginoso. Según vas ganando altura la línea del horizonte va quedando cada vez más baja, extendiéndose hacia los confines del Himalaya, dominado por un intenso cielo azul. Traspasada esa barrera cuesta, un poco más, sacar la cámara, buscar la estabilidad que nos permita grabar imágenes nítidas, bien compuestas, acompasadas de movimientos regulares y estéticos. Nuestros jadeos se mezclan con el sonido ambiente que recogemos con el micrófono, capturando para la posteridad la huella del esfuerzo realizado.

Cuando alcanzas el último campamento de altura tienes la sensación de, casi, acariciar la cima, aunque eres consciente de que la jornada que te separa de tu objetivo será, con mucha diferencia, la más dura. En el Annapurna, tras llegar al campo cuatro, a media mañana, permanecimos descansando, todo lo posible, durante unas horas, para comenzar la marcha, de nuevo, a las seis de la tarde. Fue una noche larga y fría progresando sin ser muy consciente del lugar donde me encontraba, pero intuyendo que las estrellas cada vez estaban más cerca. En las altas cumbres que he tenido la oportunidad de alcanzar siempre he compartido la sensación de avanzar en medio de un sueño que se va haciendo realidad poco a poco, inmerso en la oscuridad de la noche, esperando a que los primeros rayos del sol te permitan disfrutar del entorno que te envuelve y a la vez traigan un poco de calor. Después de tantas horas de vigilia en completa oscuridad, cuando comienza el amanecer, se desvela ante nuestros ojos un paisaje impresionante, un océano de valles y montañas que se extienden bajo tus pies. Te encuentras cansado pero tremendamente privilegiado por ser testigo directo de tan grandioso espectáculo.

La previsión de vientos flojos pronosticados para ese día en la cima del Annapurna simplemente falló. No nos lo podíamos creer demasiado, pero la intensidad de las rachas de viento cada vez eran mayores, provocando una sensación térmica de mucho frío. Según ascendía observaba la funda de la cámara, pegada a mi cuerpo, y podía apreciar como la capa de hielo que la cubría cada vez tenía mayor espesor. Sabía que cuando abriera la cremallera, para empuñar la cámara, exponiéndola al fuerte viento y las bajas temperaturas, ésta no tardaría mucho en congelarse completamente y, seguramente, dejaría de funcionar en poco tiempo. Por tanto, debía de elegir adecuadamente el mejor momento para usarla. Sin dudarlo me reservé al instante en que pisáramos la cima del Annapurna. Mientras superábamos las pendientes del corredor final, a pesar del cansancio, no podía evitar volverme para disfrutar del paisaje que se abría detrás de mí. Poco a poco alcanzamos el contorno de la arista que perfila la cima del Annapurna. La fuerza del viento rugía con mucha más virulencia en este punto, pero era el momento de grabar y recoger el instante que habíamos perseguido durante tantos días, semanas y meses. Limpié de hielo, como pude, la cremallera de la funda, saqué la cámara y realicé las primeras tomas en la cima. Una vez grabada la primera secuencia, para seguir trabajando, tuve que limpiar los botones, rascando la capa de hielo que rápidamente se iba compactando. Me quité las manoplas y, a pesar de que llevaba unos segundos guantes, intenté hacer todas las operaciones lo más rápido posible ya que, en esas condiciones, la exposición de mis dedos al frío era muy elevada.

Todavía quedaba el descenso. Una larga bajada que nos llevaría a completar, prácticamente, 24 horas de actividad ininterrumpida. En la tienda del campo cuatro, después de una jornada tan intensa, solo piensas en hidratarte y descansar todo lo posible, aunque es inevitable comenzar a disfrutar de una sensación muy gratificante al recordar que has estado ahí arriba.

Cuando llegas al campo base y revisas las imágenes que has grabado compruebas, como es habitual, que tu no estás entre los fotogramas que atestiguan que la expedición ha logrado su objetivo. Pero ese detalle no tiene ninguna importancia. Las manos que estaban al otro lado de la cámara eran las tuyas. Has realizado bien tu trabajo y eso es lo más importante para ti.